A mis amigos por compartir un instante de su vida
conmigo
Ayer salí a dar un paseo con mi
hermana menor. Mientras caminábamos y hablábamos de cosas de la vida, ella me
salió con un comentario bastante particular: “Ana yo no sé por qué, pero todos
sus amigos son raros”. Con mi sonrisa de siempre, la miré y le dije: “¿Raros?”.
Y respondió: “Sí, raros, pues interesantes, inteligentes, locos, ¡es que todos
son así!”. No pronuncie palabra alguna.
Mis amigos son raros, pensé, sí,
claro y como no: todos son artistas, a los que no les gusta el teatro, les
gusta la danza, o la música, o las artes plásticas, o la fotografía, o
escribir; todos mis amigos son artistas no raros, mentiras, sí hay unos que son
más raros que otros, pero a la final me siento orgullosa de todos.
Les voy a contar porque mi
hermanita dice que mis amigos son raros: Son raros por su forma de vestir,
porque son peludos, porque van a escuchar poesía, porque van al teatro, porque
escuchan música rara, porque se quedan admirando un atardecer o la luna, son
raros porque les gusta hasta el más pequeño de los detalles que nos regala la
vida.
Yo tengo amigos vegetarianos, veganos,
carnívoros, tengo amigos de todas las clases, pero sobre todo hay algo que los
diferencia de las personas que tienen estos mismos gustos, la diferencia es que
ellos son mis amigos: qué egocéntrica dirán todos, pero la verdad es que yo no
busco a mis amigos, yo los encuentro.
Y aunque no lo crean a mis amigos
los he encontrado en lugares de lo más de comunes: a mis amigos de adolescencia
los encontré en la calle que quedaba por mi casa, jugando golosa, chucha,
congelado, escondidizo, Jeimi, todos los juegos que infortunadamente no se
juegan ahora. Y por supuesto también en el colegio. Con ellos fui monaguilla,
besé, fumé y tomé licor y por supuesto conocí lo que cambió mi vida, el teatro.
Con ellos todavía hablo, con unos más que otros, unos son papás, otros
ingenieros, otros serán nutricionistas, auxiliares de vuelo, arquitectos,
comunicadores y profesores.
En mi juventud conocí a mis
amigos en la calle, creo que ellos son los más raros, ellos me enseñaron que
todos los días hay que vivirlos como si fueran el último, con ellos aprendí del
rock, del metal y todos sus subgéneros, del reggae y principalmente del amor y
la pasión al arte. Aprendí a disfrutar
el sol, la lluvia, la noche, la luna y las estrellas. De estos
amigos hay algo que recuerdo profundamente y es que siempre me preguntaban si
había fumado marihuana, les preguntaba ¿por qué? y me decían porque siempre
tenés una sonrisa de oreja a oreja. Yo siempre les respondía: “No, soy así,
sonriente siempre”. Aún son mis amigos, unos están en la universidad, otros
están caminando las calles buscando la
manera de vivir con el arte, y otros siguen ahí en la misma calle que los
conocí disfrutando el día como si fuera el último.
Como apenas empecé a ser adulta,
entonces diré que a mis amigos de la academia los conocí en ella. Ellos son
simplemente ellos. Al conocerlos aprendí a reírme de la vida, a hablar con sabiduría
y también a guardar silencio en el momento indicado, a llorar (ah, no, eso lo
hago desde que nací) pero con ellos río, lloro, grito, escribo, bailo, canto
(aunque casi no me dejan hacerlo) y lo más importante vivo. Pero no solo conocí
a los que estaban en clases conmigo también conocí personas que por alguna
razón llegaron a mi vida y que hasta el momento hacen parte de ella.
Al fin y al cabo todos ellos son
raros porque son interesantes, inteligentes y de alguna manera, como lo dice mi
hermanita, están locos y es que si no fuera así ¿quién sería mi amigo? Sí, quién
sería amigo de una loca: amante de la vida, del vino y del teatro.
Gracias a todos mis amigos.
Después de un buen rato le dije a
mi hermana: “Andre, sí, todos mis amigos son raros”. Andre, por su parte,
respondió: “Pero usted es la más rara”.
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