viernes, 10 de agosto de 2012

Mis amigos son raros


A mis amigos por compartir un instante de su vida conmigo

Ayer salí a dar un paseo con mi hermana menor. Mientras caminábamos y hablábamos de cosas de la vida, ella me salió con un comentario bastante particular: “Ana yo no sé por qué, pero todos sus amigos son raros”. Con mi sonrisa de siempre, la miré y le dije: “¿Raros?”. Y respondió: “Sí, raros, pues interesantes, inteligentes, locos, ¡es que todos son así!”. No pronuncie palabra alguna.
Mis amigos son raros, pensé, sí, claro y como no: todos son artistas, a los que no les gusta el teatro, les gusta la danza, o la música, o las artes plásticas, o la fotografía, o escribir; todos mis amigos son artistas no raros, mentiras, sí hay unos que son más raros que otros, pero a la final me siento orgullosa de todos.
Les voy a contar porque mi hermanita dice que mis amigos son raros: Son raros por su forma de vestir, porque son peludos, porque van a escuchar poesía, porque van al teatro, porque escuchan música rara, porque se quedan admirando un atardecer o la luna, son raros porque les gusta hasta el más pequeño de los detalles que nos regala la vida.
Yo tengo amigos vegetarianos, veganos, carnívoros, tengo amigos de todas las clases, pero sobre todo hay algo que los diferencia de las personas que tienen estos mismos gustos, la diferencia es que ellos son mis amigos: qué egocéntrica dirán todos, pero la verdad es que yo no busco a mis amigos, yo  los encuentro.
Y aunque no lo crean a mis amigos los he encontrado en lugares de lo más de comunes: a mis amigos de adolescencia los encontré en la calle que quedaba por mi casa, jugando golosa, chucha, congelado, escondidizo, Jeimi, todos los juegos que infortunadamente no se juegan ahora. Y por supuesto también en el colegio. Con ellos fui monaguilla, besé, fumé y tomé licor y por supuesto conocí lo que cambió mi vida, el teatro. Con ellos todavía hablo, con unos más que otros, unos son papás, otros ingenieros, otros serán nutricionistas, auxiliares de vuelo, arquitectos, comunicadores y profesores.
En mi juventud conocí a mis amigos en la calle, creo que ellos son los más raros, ellos me enseñaron que todos los días hay que vivirlos como si fueran el último, con ellos aprendí del rock, del metal y todos sus subgéneros, del reggae y principalmente del amor y la pasión al arte. Aprendí a disfrutar  el sol,  la lluvia,  la noche, la luna y las estrellas. De estos amigos hay algo que recuerdo profundamente y es que siempre me preguntaban si había fumado marihuana, les preguntaba ¿por qué? y me decían porque siempre tenés una sonrisa de oreja a oreja. Yo siempre les respondía: “No, soy así, sonriente siempre”. Aún son mis amigos, unos están en la universidad, otros están caminando las calles  buscando la manera de vivir con el arte, y otros siguen ahí en la misma calle que los conocí disfrutando el día como si fuera el último.
Como apenas empecé a ser adulta, entonces diré que a mis amigos de la academia los conocí en ella. Ellos son simplemente ellos. Al conocerlos aprendí a reírme de la vida, a hablar con sabiduría y también a guardar silencio en el momento indicado, a llorar (ah, no, eso lo hago desde que nací) pero con ellos río, lloro, grito, escribo, bailo, canto (aunque casi no me dejan hacerlo) y lo más importante vivo. Pero no solo conocí a los que estaban en clases conmigo también conocí personas que por alguna razón llegaron a mi vida y que hasta el momento hacen parte de ella.
Al fin y al cabo todos ellos son raros porque son interesantes, inteligentes y de alguna manera, como lo dice mi hermanita, están locos y es que si no fuera así ¿quién sería mi amigo? Sí, quién sería amigo de una loca: amante de la vida, del vino y del teatro.
Gracias a todos mis amigos.
Después de un buen rato le dije a mi hermana: “Andre, sí, todos mis amigos son raros”. Andre, por su parte, respondió: “Pero usted es la más rara”.

sábado, 17 de marzo de 2012

Otra vez

Otra vez, otra vez
caigo en manos de los eternos dioses de la destrucción.

Otra vez
Mi cuerpo se siente tentado por la belleza de aquellos caníbales, que sólo quieren mi dolor.

Otra vez
Siento estrellas pero no las veo, o tal vez no las quiero ver.

Por qué otra vez
Aquellos cerdos casi ángeles, hacen de mi una guitarra clásica,
pero espero que esta vez llegue el compositor que me eternice.
Ana María Alzate